Prueba Subaru Outback 2.0 Boxer Diesel Limited Plus: equilibrio deseado

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Prueba realizada por Gabriel Esono

Subaru es una de esas marcas que a menudo causan entre el público una impresión equivocada. Se trata de uno de los fabricantes japoneses más conocidos y, sin embargo, su volumen de producción y ventas está lejos de los gigantes Honda y Toyota, o incluso de Mazda.

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El color azul que durante años lucieron los modelos de Subaru en el Mundial de Rallies tiene gran parte de culpa de su popularidad en el mercado europeo, donde gracias a las versiones más potentes del Impreza hace las delicias de no pocos conductores animosos y pilotos amateurs.

Sí, el Impreza se asocia enseguida al nombre Subaru. El Legacy también, pero menos. Se trata de un automóvil que se coloca en un escalón superior, el de las berlinas medias tirando a altas, el segmento en el que tienes que estar si pretendes que en Europa te tomen mínimamente en serio. Y si no, que le pregunten a SEAT por su Exeo.

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El Subaru Outback es la versión crossover de la carrocería familiar del Legacy. Ésta que traemos aquí es su cuarta generación, presentada, igual que el nuevo Legacy, en el Salón del Automóvil de Frankfurt. Cuatro generaciones de un coche no son baladí y, en el caso de un todocamino, el mérito es doble. Porque resulta que Subaru podría considerarse como la inventora de una forma de entender el automóvil que va ganando adeptos -que no imitadores- año tras año. Llevar haciendo esto desde 1995 tiene sus ventajas.

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En esencia, la propuesta del Outback consiste en dotar con cualidades de todoterreno a un modelo de orientación familiar. La forma de hacerlo parece sencilla a priori, porque contando con tracción a las cuatro ruedas de serie en toda la gama, instalarle una suspensión más elevada debería bastar para afrontar obstáculos más o menos complicados. Luego, se le añaden una serie de aditamentos plásticos a la carrocería y ya lo tienes, un turismo para todo uso.

La mayoría de marcas que lanzan al mercado una versión con aires camperos, basada en una gama convencional, se limitan a imitar el patrón que cortó la extinta Rover con el Streetwise, con plásticos por doquier e incluso barras en el techo. El Citroën C3 XTR o el Peugeot 207 Outdoor con claros ejemplos de ello, igual que el Ford Focus X-Road o el anterior Renault Scénic Adventure, por no hablar de la familia Cross de Volkswagen: Polo, Golf y Touran.

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El Audi Allroad es otro ejemplo, aunque ubicado en una galaxia diferente, la de los coches de lujo como el A6, que se apoyan en sofisticados sistemas de transmisión y suspensión para justificar su precio. Ahora, con el A4 Allroad, Subaru sí encuentra un rival más directo para el Outback por concepto, dimensiones y proporciones de la carrocería, e incluso motores, como lo fue en su día el Alfa Romeo Crosswagon.

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Casi todo lo demás ya son variantes más o menos logradas de crossover, ya vengan de un monovolumen, como el SEAT Altea Freetrack, o estén directamente concebidos como SUV.

En definitiva, el Subaru Outback es una de esas buenas ideas con las que, curiosamente, pocos se han atrevido a rivalizar de forma expresa. ¿Será que no es tan fácil hacer bien un coche como éste?

La ficha técnica dice claramente qué se esconde bajo el capó del nuevo Subaru Outback. En este caso, un motor bóxer de dos litros, más bien pequeño. Cuatro cilindros opuestos colocados longitudinalmente, sobrealimentados, nada que no se pueda esperar en un Subaru.

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Miras la potencia y ves unos discretos 150 CV a apenas 3.600 rpm. Ups, aquí está pasando algo raro. ¿Será que es cierto? ¿Subaru ha hecho un propulsor diésel, common-rail y bóxer? Pues sí. Lo estrenó en 2008 el Impreza y poco a poco lo está extendiendo al resto de su oferta europea.

A las marcas japonesas les ha costado darse cuenta de que para triunfar en el Viejo Continente es imprescindible contar con un motor alimentado por gasóleo, pero cuando lo han hecho, se han puesto las pilas de la mejor de las maneras: con buen rendimiento y consumos moderados.

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Éste es uno de esos casos, y se podría decir que la cifra de par que acompaña a la de potencia certifica que esta mecánica es bastante satisfactoria. Los 350 Nm entre 1.800 y 2.400 rpm están claramente presentes y hacen que la conducción sea muy cómoda, siempre y cuando lo que nos motive sea un ritmo turístico.

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Su respuesta a medio régimen raya lo contundente y si somos capaces de movernos en ese rango de revoluciones incluso se puede llegar a olvidar que tenemos entre manos tan sólo un 2.0 diésel, que por otra parte se mostró muy parco en consumos (una media de 7 l/100 km no está nada mal, teniendo en cuenta el trote que le dimos).

En los extremos del cuentavueltas es más difícil encontrar motivos para sonreír. En baja está a la expectativa de regímenes mayores, aunque es algo que se percibe más cuanto más irregular es el terreno. La zona alta, por el contrario, te ruega que cambies a una velocidad superior por el bien de todos. «No sos vos», te dice amablemente, «soy yo».

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El cambio manual de 6 velocidades es correcto. Las primeras relaciones son más bien cortas, muy útiles si eres uno de esos a los que se les ocurre usar el Subaru Outback en alguna de esas pistas para las cuales ha sido concebido. Un tacto tirando a duro sin llegar a serlo y unos recorridos de la palanca más bien cortos hacen que tengas la sensación de que el guiado es más preciso de lo que en realidad es. Quiero pensar que es resultado más de la coherencia que de la casualidad.

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El comportamiento en general es uno de los puntos críticos de cualquier coche, el que engaña menos y define con más claridad lo que ofrece realmente, a menudo más incluso que el motor.

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En los coches que además se han concebido para atacar casi todo tipo de terrenos, en el sentido más amplio de la expresión, encontrar el equilibrio perfecto entre estabilidad en carretera y capacidad de sortear obstáculos fuera de ella puede llegar a ser una quimera.

El Subaru Outback pasa este apartado con muy buena nota, precisamente porque su mejor virtud se encuentra en el punto medio que la marca ha sabido darle a su todocamino.

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Sobre el asfalto hay berlinas que se comportan mejor que este familiar, aunque dudo que pudieran mantener la compostura del mismo modo que lo hace el Outback si eleváramos su carrocería unos cuantos centímetros y le montáramos neumáticos mixtos de altísimo perfil: 225/60 R 17.

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Si dejamos el negro elemento, a poco que la pista esté en buenas condiciones nos podemos sentir los reyes del mambo, trazando con seguridad, sintiendo -o no- la efectividad de su tracción total simétrica. Su acción es tan inmediata que nuestra tendencia será a pensar que no pierde nunca adherencia. Mentira gorda.

Lo que ocurre es que para cuando te quieres dar cuenta del lío en el que te ibas a meter, el diferencial viscoso autoblocante del Symmetrical AWD, que funciona en combinación con el diferencial central, ya hace rato que ha corregido la situación. Y esto habiendo desconectado previamente el control de estabilidad VDC.

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Aventurarse más allá de las pistas y buscar rincones sólo aptos para cazadores furtivos y guardas forestales es otra historia. Aquí es donde se ve claramente por qué en el capítulo «Carácter lúdico» del libro de instrucciones no aparece la sección «4×4 extremo».

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No es que se hayan olvidado de incluir las páginas, sino que este coche es capaz de muchas cosas, pero su límite en terreno abrupto es relativamente fácil de encontrar, algo en lo que la gran distancia entre ejes ayuda bastante.

Antes de lanzarse a ello, basta con ver que no hay reductora por ninguna parte.

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El Subaru Outback puede presumir de unos asientos cómodos y amplios, con el lujo añadido de la resbaladiza piel y la regulación eléctrica en el lado del conductor. Los acabados son mucho más que correctos y la calidad de los materiales adecuada. Sin embargo, lo que le da un marchamo de coche de alto standing es la ausencia de vibraciones y la escasa rumorosidad provenientes del propulsor.

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Cierto es que los modernos motores diésel, dotados ya casi unánimemente con el sistema common-rail, capaz de programas múltiples inyecciones para un mismo ciclo de combustión, han conseguido unos niveles muy favorables respecto a las generaciones anteriores.

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Pero parece que los cilindros opuestos y ser el penúltimo en llegar han jugado claramente a su favor, hasta el punto de hacer dudar del tipo de combustible que necesita este bóxer.

Volviendo al tema de la habitabilidad, las plazas traseras han sido también cuidadas con mimo a la hora de diseñarlas. El espacio para las piernas es muy amplio y el respaldo tiene varias posiciones, un gadget muy poco común aún hoy.

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El espacio para el maletero es tan amplio como sugieren las formas de su carrocería. Ahora bien, se echa en falta una trampilla en la banqueta de los asientos posteriores por donde se puedan colar, por ejemplo, los esquíes.

Y, ya puestos a echar en falta, nos sigue pareciendo que no es de recibo prescindir de la rueda de repuesto y colocar en su lugar un kit de reparación de pinchazos junto con ¡un gato! Habiendo espacio de sobras y teniendo en cuenta el talante del coche, es una carencia importante, aunque poco original, porque son mayoría las marcas que han adquirido esta fea y poco práctica costumbre.

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El planteamiento del Subaru Outback es de lo más racional que se puede encontrar en el mercado de «coches para todo». Claramente distanciado de los familiares convencionales sin llegar a la aparente presencia de los SUV, el Outback ejemplifica como pocos la virtud del punto medio.

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Se orienta más hacia la carretera, que al fin y al cabo es donde la mayoría de conductores lo utilizarán con más frecuencia, o siempre. Y sin embargo no le hace ascos al campo.

Un motor en general satisfactorio y una transmisión muy conseguida hacen que uno se puede sentir tan satisfecho tras hacer un largo viaje por autopista como al bajar del coche para comprobar el obstáculo que acaba de superar.

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El precio del Outback BD Limited Plus, la versión más equipada, es de 39.050 €, una cifra considerable que le deja tan sólo 300 € por debajo del Audi A4 Allroad con el motor 2.0 TDI de 143 CV.

Ahora bien, en el alemán tienes que pagar un buen dinero por los faros de xenón, por la tapicería de piel, por el techo solar o por el navegador que disparan claramente la factura. La versión Premium del Outback, en cambio, con los faros de xenón deja el precio en unos atractivos 34.350 €. Un buen precio a cambio del equilibrio deseado.

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Subaru es una de esas marcas que todo el mundo ha oído nombrar y que, sin embargo, poca gente conoce realmente. Como ocurre con Saab, tienen una forma peculiar de entender el automóvil y se aferran a ciertas tradiciones con obstinación. En el caso de la marca japonesa, se puede decir que acertadamente.

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Así pues, muchos de los prejuicios favorables que tenía respecto al Subaru Outback se han visto corregidos y aumentados. Respecto a las cosas que no me han gustado, creo que podría vivir con ellas.

Por lo tanto, si alguien me pregunta si merece la pena gastarse entre 34.000 y 39.000 € en un coche como éste le diré, como acostumbro, que si es el coche que le gusta y lo puede pagar, entonces adelante, no se equivocará.

Y no sólo le diré eso, sino que además no tendré que poner cara de póquer cuando lo haga.

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