Prueba smart fortwo electric drive: limpiando la ciudad

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Prueba realizada por Gabriel Esono

El primero que dijo aquello de que al empezar el siglo XXI veríamos los coches circulando por el aire se cubrió de gloria. Es de suponer que, debido al estatus que tradicionalmente ha venido representando el automóvil, era fácil caer en la tentación de creer que con el paulatino aumento de la potencia y de las prestaciones, algún día iba a ser posible salir volando del concesionario con tu coche nuevo. Quizá acabe ocurriendo, pero tal como están las cosas hoy es difícil que alguno de nosotros llegue a verlo.

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Lo que sí se está viendo en estos últimos años, sin embargo, es que los hábitos de movilidad individual no han disminuido. Sí ha cambiado la necesidad de hacerlo de la forma más limpia posible, aunque en unos países más que en otros. Por tal motivo, raro es ya el fabricante que no tiene en producción, o que por lo menos no haya prometido que pronto tendrá, algún modelo que se distinga por unos niveles de emisión de CO2 muy reducidos o, como en el caso que nos ocupa en esta ocasión, inexistentes.

Actualmente la energía eléctrica es la única que está demostrando un potencial verdadero como alternativa a corto plazo a los motores de combustión interna. Y, de hecho, cuando una empresa como Daimler, fabricante de marcas como Mercedes-Benz o smart, se decide a producir coches con motor alimentado por batería, puedes apostar una mano a que el futuro más o menos inmediato irá por este camino.

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La gente, sin embargo, no es tonta. No se les puede vender sin más la idea de que un coche eléctrico es lo mismo que uno convencional pero sin echar humo.

El smart fortwo electric drive es el ejemplo perfecto para mostrar las principales ventajas de este tipo de propulsión limpia. Aunque el polémico Nissan Leaf, Coche del Año en Europa 2011, se ha adelantado a todos, el pequeño biplaza, de genes alemanes pero fabricado en Hambach (Francia), se presenta como una versión más de una gama ya asentada en el mercado y en la que el motor eléctrico supone un decisivo valor añadido a sus cualidades urbanas.

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Resulta curiosa la experiencia de girar la llave de contacto y recibir, como única respuesta, algún clic de fondo acompañando a los típicos testigos iluminados del cuadro de mandos. Nada más, a menos que tengas el ventilador o la radio encendidos, te harán sospechar que puedes iniciar la marcha.

En un acto de fe, buscas la posición D en la palanca de la transmisión y presionas el acelerador esperando el milagro. E, indicador de carga de la batería mediante, el milagro se obra.

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De repente te encuentras en mitad de una gran avenida, rodeado de grandes monovolúmenes y SUV’s, de motos y scooters, que pasan por tu lado como si fueras uno más, incapaces de percibir tu silencioso avance.

Como están en pleno proceso de promoción, en smart se han ocupado de rotular convenientemente los fortwo electric drive. Si no fuera por ello, sólo el muy discreto zumbido eléctrico y la ausencia de tubo de escape permitirían distinguir a este biplaza de sus hermanos de combustión.

Ni siquiera la salida de los semáforos lo delata, ya que la aceleración de 0 a 60 km/h en 6,5 segundos tiene poco que envidiar a la de uno de esos adrenalíticos smart Brabus.

La sensación, en cualquier caso, es de mucha mayor suavidad que la de las versiones del preparador alemán, porque los 27 CV (20 kW) de potencia que entrega al eje trasero dan para lo que dan. Al menos, esta segunda generación del motor del smart electric drive cuenta con la función ‘overboost’, que incrementa la potencia disponible hasta los 41 CV (30 kW) durante dos minutos y permite un cierto desahogo en momentos puntuales.

Aquí lo que hay que valorar más bien son los 120 Nm de par motor, que con eso de que están disponibles prácticamente desde el principio, sabes que la respuesta va a ser lineal y suficiente prácticamente hasta llegar a la velocidad máxima, limitada a 100 km/h.

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Estas impresiones, sin embargo, importan algo menos cuando de lo que se trata es de conducir en la gran ciudad, un ambiente donde la pericia debería medirse más por los semáforos en verde que se es capaz de pasar seguidos que por llegar el primero al siguiente paso de peatones.

Así pues, si uno se mentaliza de que lo conveniente es alcanzar pronto la velocidad de crucero para luego dejar que sea la inercia le que nos lleve, y alargar las frenadas en la medida de lo posible, obtendrá un bien muy preciado: el de una autonomía razonable.

Conduciendo de esta manera, se regenera energía para la batería de ion-litio y se mantiene más tiempo el indicador de carga en una zona de tranquilidad para cumplir con el registro prometido por la marca, que asegura que se pueden recorrer casi 135 km sin pasar por el enchufe.

Aquí es donde llega uno de los inconvenientes en los que Daimler está trabajando. Porque ahora, si se agota el acumulador, se necesita tenerlo enchufado a una toma doméstica nada menos que 10 horas para recuperar la carga por completo. Además, con el objetivo de no recortar su vida, el fabricante ha renunciado a la posibilidad de la carga rápida, aunque asegura que en unas 4-5 horas se vuelve a disponer de un 80% de su capacidad.

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La vida a bordo del smart electric drive es sobre todo tranquila. Igual que la prohibición del tabaco ha descubierto olores nuevos en los bares, la sustitución del poco sutil sonido de los motores de tres cilindros por el zumbido eléctrico, en carretera da un protagonismo inesperado a la rodadura de los neumáticos y al revoloteo aerodinámico. Nada que el equipo de música no pueda resolver sin mayor problema.

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Por lo demás, poco se puede añadir a un coche que mantiene intacto el encanto de su tamaño comprimido, ideal parejas, y que nunca ha ocultado su alergia al sustrato interurbano. Pese a ello, me aventuré a buscar un ambiente más saludable con él, fui de Barcelona a Sitges, una preciosa localidad costera de camino a Tarragona, a unos 35 kilómetros de la Ciudad Condal.

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A pesar de su corta longitud, es un trayecto de lo más variopinto, que te permite elegir entre autovía transitada, autopista con radares, túneles con peaje a precio de oro, o el reviradísimo e irregular tramo de la Costa del Garraf, con pedregosa montaña a un lado y mar al otro.

Como decía, las vías con múltiples carriles por sentido le quedan un poco grandes a este pequeño, que prefiere estar lo más alejado posible del lado izquierdo. Ello no le convierte ni mucho menos en un microcoche, y menos teniendo en cuenta que en todo el recorrido apenas habrá más de 5 kilómetros en los que se puede circular a 120 km/h.

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Sin embargo, aunque su velocidad máxima está en los 100 km/h, no me preocupaba tanto saber si los camiones me iban a echar ráfagas como si iba a generar caravana entre tanta curva, rampa y pendiente.

Pues para nada, la verdad. Su ligereza relativa permite que los 120 Nm de par sean más que suficientes para mantener un ritmo muy digno, sin necesidad de forzar las cosas.

Además, a pesar de haberlas forzado en algún momento, al llegar al pueblo, el indicador de carga de la batería mostraba un tranquilizador 75% de capacidad, suficiente para volver sin problemas después de darme un par de vueltas por el Paseo Marítimo.

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Esta pregunta no tendrá respuesta válida hasta que los smart electric drive tengan precio oficial de venta al público. Será entonces cuando se pueda valorar en su justa medida la validez de esta nueva forma de enfocar el automóvil.

Los responsables de smart, como los del resto de marcas que están empezando a fabricar coches eléctricos, defienden que la media de kilómetros recorridos en un trazado urbano (a mí 40 km me parecen muchos, la verdad) está muy por debajo de la autonomía que autorizan las baterías de ion-litio de última generación. Con los 135 km que permite este coche, debería haber más que de sobra, siempre que tengamos muy presente el tipo de uso que le vamos a dar.

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Estos valores, en cualquier caso, quedarán en el olvido cuando, en 2012, el smart fortwo electric drive esté disponible para clientes particulares. Para entonces, la variante de emisiones cero de este coche urbano montará la tercera generación de baterías, desarrolladas por la propia Daimler en colaboración con otras empresas como BYD.

El mayor avance respecto a las actuales será el incremento de la autonomía, que calculan que se incrementará en un 50% para llegar hasta los 170 km. Serán, además, más baratas, con lo que se garantizará una mayor viabilidad comercial de este modelo.

Todo esto, en cualquier caso, servirá de bien poco si no se crea una red de distribución eléctrica en las ciudades que incremente las posibilidades de uso de este tipo de coche. De momento, el enchufe está en el despacho de los que gobiernan y habrá que esperar que no les ciegue tanta luz.

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