Prueba Skoda Yeti 2.0 TDI 110 Ambition: la mascota de la familia

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Prueba realizada por Roger Escriche

Aunque lo hayan bautizado con el nombre de una especie no catalogada de animal de las nieves y la unidad de la prueba sea de color blanco, vaya por delante que no entra en los planes del Skoda Yeti asustar a los niños. Este crossover es apto para todos los públicos.

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El Yeti es un SUV compacto algo atípico en un segmento poblado por propuestas de lo más variopintas, pero con un éxito comercial bastante apetecible para marcas de perfil muy distinto. Las últimas cuatro incorporaciones así lo demuestran: Dacia Duster, BMW X1, Mini Countryman y Nissan Juke.

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Sí, también podríamos citar al todopoderoso Qashqai, 10 cm más largo que el modelo de Skoda, pero el caso es que nadie podría decir que haya una sola manera de hacer las cosas por aquí.

Es de agradecer, por lo tanto, que Skoda también imaginara a su manera su primer vehículo con aspiraciones reales off-road, aunque la mayoría de usuarios de este tipo de vehículo pasen la mayor parte del tiempo circulando por el asfalto. La firma checa pensó ante todo en unas formas cuadradas y habitables y una estética claramente diferenciada, pero no sólo eso, como veremos.

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Una de las ventajas de pertenecer a un consorcio de empresas del tamaño del Grupo Volkswagen es que la disponibilidad de variantes mecánicas es enorme. Aquí hay que decir que Skoda no se ha cortado un pelo, y ha dotado al Yeti de dos opciones de gasolina TSI de 105 CV y 160 CV y las tres variantes del bloque de 2,0 litros TDI con 110 CV, 140 CV y hasta 170 CV. Un elenco de propulsores que anuncian bastante por dónde van los tiros en este SUV compacto.

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La variante TDI de 110 CV está destinada a cubrir necesariamente un rango de potencia (y de precios, por supuesto) más que a otra cosa, pero cuidado, porque también es asociable a la transmisión 4×4, un sistema que sin embargo no equipaba la unidad de la prueba.

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Así las cosas, el 2.0 TDI 110 CV nos ofrece lo justo y necesario con discreción. Es un motor discreto y tranquilo, muy apropiado para esa gama de clientes que busquen un propulsor fiable que en ningún caso consigue poner en apuros a un bastidor concebido para digerir cotas de potencia bastante superiores.

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Una de las desventajas de optar por este propulsor es que en la configuración 4×2 nos veremos obligados a llevárnoslo acoplado al cambio manual de cinco velocidades, mientras que la variante con tracción total cuenta con el manual de seis velocidades.

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El DSG, que también está disponible en el Yeti, se asocia únicamente a variantes mecánicas más potentes. Desventaja, decíamos, porque es de tacto algo blando, y porque un cambio de seis relaciones casi siempre nos permitirá sacar más partido al motor y a los consumos.

En este último capítulo, los 5,4 l/100 km de promedio que anuncia Skoda en condiciones ideales de medición pueden llegar a rondar los 7,5 l/100 km en la vida real cuando no tenemos ninguna intención de practicar la conducción ecológica. Una cifra en todo caso nada descabellada para un vehículo poco eficiente aerodinámicamente y con unos neumáticos tan grandes, como veremos seguidamente.

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El Skoda Yeti parte de la misma plataforma que el Octavia, una base profusamente empleada en todas las marcas del Grupo Volkswagen y en modelos como el Volkswagen Golf, el SEAT León o el Audi A3. ¿Qué significa exactamente esto? Pues en realidad, mucho y nada. O poco y bastante.

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Para empezar, es evidente que el Skoda Yeti no es un todoterreno que permita escalar el Everest por la cara norte sin oxígeno, pero al mismo tiempo es más hábil fuera del asfalto que el Octavia Scout. Pese a contar como el Octavia con un McPherson delantero y una suspensión trasera multibrazo, la conducción no es aposentada y tranquila como la de la berlina, sino mucho más viva, con unas inclinaciones mínimas de la carrocería a pesar de su altura.

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Es más, después de trazar unas curvas con el Yeti puede que tengamos la tentación de recurrir a las fichas técnicas de ambos modelos para comprobar si la distancia entre ejes es la misma. Obviamente lo es, claro.

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En cualquier caso, ya lo decíamos cuando hablábamos de la oferta de propulsores: el Yeti no es un SUV pensado para arrastrarse por los caminos precisamente, sino que es una propuesta dinámica y divertida que puede digerir cifras de potencia bastante respetables. A todas estas sensaciones es cierto que contribuyen unos neumáticos enormes de 215/60 en llanta de 16 pulgadas, que facilitan una trazada firme y sin sobresaltos.

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Hasta ahora, sin embargo, casi sólo hemos hablado de comportamiento sobre asfalto. Fuera de él, contábamos con la desventaja de no disponer debajo de nuestros pies de un sistema de tracción total que nos animara a meternos en algún berenjenal. Por lo menos todo el berenjenal que nos permitiera la altura libre al suelo y el recorrido de suspensiones, que están en la línea del resto de SUV del segmento.
Con todo, si bien sería precipitado sacar conclusiones sobre su aptitudes offroad, lo que sí que podemos asegurar es que el Yeti puede ser un coche tremendamente divertido en caminos no asfaltados.

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Para hablar del habitáculo del Yeti, lo más interesante es empezar hablando del exterior. Es decir, de unas formas totalmente cuadradas que son un verdadero anticipo de lo que nos espera dentro del vehículo. En Skoda tenían bastante claro que el Yeti, como vehículo de ocio que es, tenía que escapar de ese corte clásico de las creaciones de la firma checa, pero también tenían muy claro que hoy en día, cualquier vehículo de ocio mucho mejor si tiene algo de familiar.

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El habitáculo está muy bien concebido. Conserva el aspecto sobrio típicamente Skoda, pero ofrece numerosas posibilidades de configuración que le aportan un plus muy importante de funcionalidad. La sensación es que se ha sacado mucho provecho de los 4.223 mm de longitud del vehículo. La buena altura libre en el habitáculo, reforzada en este caso por el techo solar eléctrico, ha permitido levantar incluso la banqueta trasera 2 cm por encima de los asientos delanteros.

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Como es habitual, la calidad de los plásticos y acabados van perdiendo finura a medida que descendemos en el habitáculo, pero por el contrario disponemos de multitud de espacios portaobjetos y el espacio suficiente para las piernas en cualquier parte.

La capacidad inicial del maletero, con 405 litros tanto para las versiones con tracción delantera como las unidades con 4×4, no es extraordinaria. Ahora bien, la banqueta trasera no sólo puede abatirse sino también desmontarse por completo con lo que podemos llegar a disponer de 1.760 litros totalmente libres de obstáculos.

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Si esta opción no nos convence, también podemos simplemente desplazar los asientos laterales traseros hacia adelante, hacia atrás o, atención, hacia adentro si se desmonta el asiento central.

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Si nos dedicamos a sumar motorizaciones disponibles con versiones de dos y cuatro ruedas motrices, transmisiones manuales y DSG, constataremos que la oferta del Yeti es bastante extensa.

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De entre todas las opciones, optar por el motor diésel de acceso a la gama y asociarlo a la tracción delantera es poner el énfasis en la vertiente más familiar del modelo, una propuesta de ocio con un interior muy bien concebido, buen comportamiento en carretera y apto para pequeñas aventuras lejos del asfalto.

Se nos antoja, en cambio, que el Yeti 2.0 TDI 170 CV 4×4 tiene que ser un coche de perfil bastante más picante, circulando por la cinta gris o fuera de ella. Seguro que a todo lo mencionado anteriormente se podría sumar la palabra diversión, por no decir excitación. Claro que todo esto nos costaría 32.100 €, que es una cantidad bastante respetable.

Con todo, los precios del Yeti arrancan en los 19.110 € del motor 1.2 TSI de 105 CV y el nivel de equipamiento básico. La variante diésel de 110 CV de la prueba asociada al segundo nivel de equipamiento cuesta 24.480 €, o 27.600 € en caso que nos decidamos y montemos la tracción 4×4.

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Siempre es un mundo fascinante, el del nombre de los coches. Es tan complicado que algunas marcas optaron en su día por ponerles números a sus vehículos como forma de evitar equívocos o asociaciones extrañas de ideas, como pasó con el Mitsubishi Montero.

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Otras marcas optan por ponerles nombres de lugar para orgullo de los nativos, o las siempre agradecidas combinaciones de iniciales y números en las que, en una preocupante falta de imaginación, la letra es simplemente la inicial de la marca y el número representa el segmento.

Pienso que uno demuestra ganas cuando se esfuerza por elegir un nombre. Uno de verdad, un nombre propio. No es nada fácil, porque los nombres siempre se asocian a algo. Después de pasar un buen rato con el Yeti de la prueba, en este caso lo asocio a la variante de peluche de la bestia parda que vive en el Himalaya y algunos biólogos con la mente muy abierta todavía esperan encontrar.

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