Prueba Mazda 6 SW 2.2 DE 163 Luxury: inmigrante integrado

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Prueba realizada por Gabriel Esono

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Mazda es uno de esos constructores que normalmente ha tratado de dotar a sus productos de un cierto talante de marca premium. A unos acabados por lo general un poco por encima de la media, esta marca nipona ha solido añadir de un tacto de conducción de marca de campanillas y, en algunos casos, incluso con un cierto toque de dinamismo. Me viene a la memoria el exótico Xedos 6, que Mazda vendía como una berlina más lujosa que el 626 contemporáneo.

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Con la gama Xedos, el fabricante japonés presentó durante un tiempo su particular visión de cómo hacer frente a los aros, estrellas y hélices alemanas (léase: Audi, Mercedes-Benz y BMW). Honda y Toyota se atrevieron a ir más lejos, y crearon marcas independientes: Accura (ojalá la trajeran a Europa) y Lexus, respectivamente. Nissan, por su parte, ha hecho lo propio con Infiniti y ya ha cruzado el charco.

Todos estos esfuerzos han ido siempre enfocados en primer lugar al mercado americano, mucho más abierto a los cambios que el conservador cuadro que pintamos en el Viejo Continente. Se diría que vamos de exigentes y de buscadores de la calidad, pero yo diría que nos domina una especie de chovinismo paneuropeo. Como ejemplo, los motores, ya que sólo en Europa resulta imposible tener un razonable nivel de ventas si no tienes oferta de propulsores diésel.

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No importa que sea para un pequeñísimo coche urbano que apenas va a hacer kilómetros, como para una refinada berlina de lujo, en la que el ahorro de carburante respecto a los gasolina difícilmente será una de las premisas principales para el comprador. Intrigantes contradicciones.

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En cualquier caso, la mayoría de marcas japonesas han sabido adaptarse a la particular idiosincrasia de nuestros mercados, Mazda entre ellas. Ya se hizo muy patente con el lanzamiento de la primera generación del Mazda6, la gama media alta que ha desarrollado muy al gusto de aquí y que ha supuesto un giro en su forma de hacer coches sin perder la identidad de la que hablaba al principio.

En su segunda generación, que hoy traemos a Cochesafondo, la marca japonesa ha redondeado la idea inicial y ha intentado potenciar una de sus características más definidas, la del dinamismo.

Y no es un esfuerzo vano, ya que para competir en uno de los segmentos más tradicionales y abarrotados, algo diferente tienes que ofrecer que no tengan sus prestigiosos compatriotas Honda Accord o Toyota Avensis, o la pléyade de europeos como el Peugeot 407, Citroën C5, Ford Mondeo, Opel Insignia, Volkswagen Passat, Renault Laguna, Alfa Romeo 159 o el SEAT Exeo.
¿Habrá conseguido Mazda su objetivo?

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A pesar de que Mazda pertenece al grupo Ford, sus responsables siempre han sabido mantener una independencia que han llevado más lejos que a una simple cuestión estética. Uno de los detalles en los que se percibe es en los motores, que cuentan en la mayoría de las ocasiones con un desarrollo propio, separado de los productos de masas que suelen llevar el óvalo azul en su parrilla.

En el caso de la mecánica que equipaba nuestra unidad de pruebas, se trata de un turbodiésel de última generación, presentado el año pasado, en el que se han definido tres niveles de potencia, entre 125 y 185 CV. El de 2.2 DE 163 CV es el intermedio y, por nivel de potencia, debería ser la alternativa natural al antiguo 2.0 CRTD 140 que todavía se comercializa.

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Se trata de la típica opción racional que permite un nivel de prestaciones suficiente como para no tener que darle nunca puñetazos al volante, pero no tanto como para estar tentado de provocar las iras del chico del piercing con el coche de las aletas ensanchadas. Es, pues, un motor cabal, que tiene una respuesta satisfactoria en un amplio margen de revoluciones. A partir de las 1.500 rpm ya empieza a decir esta boca es mía y se estira hasta las 3.500 rpm sin rechistar.

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Se trata, pues, de un motor cabal. Tiene una respuesta satisfactoria en un amplio margen de revoluciones y te contagia sentir la alegría de conducir que promete el lema de la marca. Pero las leyes de la física y de la termodinámica son las que son, y por mucho Zoom-Zoom que le pongas, ni el common-rail ni el turbocompresor de geometría variable pueden salvar el hecho de que se trata un motor diésel o, lo que es lo mismo, buscar más allá de las 4.000 vueltas son ganas de hacer ruido y de gastar.

Hablando de gastar, no está nada mal la autonomía que proporciona el depósito de 64 litros en relación a lo que anda. En realidad, los consumos (y, por consiguiente, las emisiones) mantienen unos valores similares a los del 2.0 de 140 CV, lo que traducido a cifras oficiales vienen a ser unos 5,5 l/100 km de media utópica que se convierten en unos más realistas 7 l/100 km si nos gusta practicar una conducción decidida. Sin ser un mechero, sí es de los que te obligará a parar alguna vez en la cuneta si no te gusta pedir la llave del lavabo por la cara en una gasolinera.

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El tacto de la palanca de cambios es otro de los aciertos de este coche, que si te olvidas de que tienes un techo largo y un portón vertical te da la sensación de que te está incitando a hacer ciertas cosas digamos, «familiarmente incorrectas». Los recorridos cortos y las inserciones directas hacen apetecible su utilización. Quizá, si quisiéramos rizar el rizo, le pediríamos un poco más de firmeza, pero entonces la confusión a los mandos sería completa.

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Aquí nos encontramos con otra de las características por las que uno puede presumir de tener un Mazda 6. Si nos metieran en el coche con los ojos vendados y nos pusiéramos a conducirlo mirando sólo hacia adelante, podríamos caer fácilmente en el error de que llevamos un compacto de los ágiles.

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Desde luego no es un coche pequeño, porque sus 4.785 mm de longitud y 2.725 mm de batalla están ahí cuando trazas una curva lenta. Sin embargo, la facilidad con la que el eje delantero se inserta en la curva es sólo comparable con la fiabilidad del trasero a la hora de seguir la trazada elegida. Al mirar la ficha técnica uno entiende algunas cosas, porque delante han instalado un eficiente sistema de doble trapecio, mientras que detrás cuenta con el ya casi inexcusable tren multibrazo.

Ahora bien, aunque los tecnicismos visten mucho en los catálogos, a la hora de la verdad no siempre las palabras rimbombantes concuerdan con lo que uno espera a la hora de echarse a la carretera de la misma forma como ocurre con este familiar. La puesta a punto de la suspensión es muy buena, a pesar de que nuestra unidad de pruebas ya contaba unos cuantos kilómetros de duro trato a sus espaldas y ruedas diferentes en ambos ejes. Firme sin ser dura, amable sin ser blanda, han conseguido un equilibrio que ni siquiera el hecho de montar unos neumáticos diferentes delante y detrás consiguió romper.

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Los frenos tal vez sí notaban algo más el uso intensivo. Aunque en una utilización normal las distancias de detención eran suficientes, a medida que se va subiendo el ritmo te devuelven al terreno del que, en principio, no deberías haber salido. Sí, permite balancear la zaga, pero el testigo del ESP aparece con bastante frecuencia cuando te dejas llevar. Al fin y al cabo, aunque no lo parezca, se trata de una versión break.

La racionalidad propia de muchos de los productos de origen japonés tiene en el interior del Mazda 6 un nuevo ejemplo. La calidad de su interior es correcta y combina unos ajustes que no merecen crítica con unos plásticos que no ocultan su condición.

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El puesto de conducción está bien resuelto y resulta fácil encontrar la postura óptima. Los amplios asientos delanteros de la versión Luxury, la única disponible en el SW con este motor, adolecen sin embargo de una sujeción lateral más bien justa y, aunque cuentan con un mullido cómodo, cuando se circula en carreteras reviradas la tapicería de piel resulta más resbaladiza de lo deseable.

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Salvando este inconveniente, el interior del Mazda 6 SW es holgado y 5 adultos viajarán sin estrecheces en él y con un nivel de confort bastante notable. No sólo por los ajustes de la suspensión mencionados, sino porque el nivel sonoro del motor es también bastante reducido, teniendo en cuenta que se trata de un diésel.

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El amplio maletero y multitud de pequeños detalles permiten plantearse largos viajes con toda la familia y cargados hasta la bandera. Otros detalles no son tan pequeños, como por ejemplo el asistente de cambio de carril, que avisa con un sonoro pitido cuando detecta que hay un vehículo en el ángulo muerto.

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Coches como éste demuestran que la distancia entre las marcas llamadas generalistas y las premium es cada vez más pequeña. El nivel de refinamiento mecánico, al menos en lo que se refiere a los motores intermedios es muy parejo y las sensaciones al volante, en muchas ocasiones, son tan parecidas que resulta difícil justificar las diferencias de precio.

Los 33.220 € que cuesta este coche ya empiezan a apuntar hacia arriba. Ahora bien, también es cierto que la política de precios que Mazda ha aplicado a su

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gama media es la de llenarlos hasta arriba de equipamiento y dejar sólo tres opciones: la pintura metalizada (390 €), el techo solar (800 €) y el caro navegador (2.390 €). Todo lo demás, viene de serie.

Y cuando digo todo, me refiero al climatizador bizona, faros bixenón, faros antiniebla, control de estabilidad DSC, sensor de luz y de lluvia, retrovisor electrocromático, 6 airbags, equipo de sonido Bose con 8 altavoces, sensores de aparcamiento, manos libres con Bluetooth. Y podría seguir.
Así que, visto así, quizá ya no parezca tan caro.

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A pesar del auge de los monovolúmenes y su actual derivación hacia formas de tipo crossover, la carrocería familiar ha sido siempre una opción muy bien valorada por el gran público en muchos países europeos, y no sólo en Alemania o Italia.

En España, tengo la sensación de que poco a poco se están abandonando las antiguas ideas que asociaban este tipo de carrocerías a un uso póstumo de su ocupante trasero. ¿Alguien se atreve a negarlo?

He de decir que a mí, en cambio, los familiares siempre me han gustado. Quizá tenga que ver con el primer coche que recuerdo de mis juegos de infancia, una miniatura de un Renault 12 hecha por Guisval que he visto con pavor entre las manos de mi sobrino…

Así que en algunos momentos en los que he conducido este Mazda 6 SW no he podido evitar retrotraerme alguna que otra década atrás. En otros, en cambio, me lo he pasado pipa, sorprendido por cómo es posible hacer un coche familiar y divertido sin necesidad de pedir por él mucho más de lo necesario.

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