¿Qué se siente de copiloto de Nani Roma?

Ayer estuvimos en la presentación oficial de Nani Roma como piloto de la formación de X-Raid para el Dakar 2013, que vuelve a tierras suramericanas para recorrer pistas en Perú, Argentina y Chile y que, al volante del Mini All4 Racing, disputará una nueva edición del raid más duro del mundo junto a Michel Périn.

En esta ocasión, sin embargo, no hubo ni rastro de su copiloto francés en las instalaciones de Les Comes, centro de actividades que, entre otras muchas, cuenta con zonas de entrenamiento off-road de todos los niveles.

En su lugar, Nani Roma nos dio una vuelta a un circuito de 3,6 kilómetros habilitado para impresionar a los periodistas que nos dimos cita en el evento. Tras la rueda de prensa, en la que el piloto de Folgueroles explicaba algunas de sus impresiones previas a la carrera –“para ganar a Peterhansel lo primero es no obsesionarte con ello”, explicó-, nos apuntamos en una lista de voluntarios inconscientes para ocupar el asiento derecho del Mini verde que, hace casi un año, llegó vencedor a la meta de Lima pilotado por “monsieur Dakar”.

“Es todo un logro tener este coche aquí hoy”, señalaba Roma, “porque en estos días gran parte del equipo está de vacaciones”, poco antes de descubrir el coche con la ayuda de Manuel Terroba, director de Mini España, y de Pilar García de la Puebla, la nueva directora de comunicación de BMW.

Protocolos al margen, si nos acercamos hasta allí fue para experimentar en nuestras carnes lo que significa ir en un coche de raids “de verdad”, y vaya si lo sentimos. En primer lugar, para acceder al cockpit con un poco de dignidad es necesario tener unos mínimos de flexibilidad. La estructura multitubular del Mini All4 Racing amanece sin recato al abrir la puerta y obliga a buscar un buen apoyo para saltar, casi literalmente, al interior del coche. Una vez dentro, lo que te espera es un baquet sorprendentemente cómodo, pero un baquet al fin y al cabo, con sus prominentes pétalos resueltos a impedir que te muevas un milímetro más de la cuenta con la ayuda, naturalmente, del correspondiente arnés de 5 puntos.

Una vez dentro, como era de esperar no nada que permitiera identificar a este todoterreno con el coche con el que fuimos a seguir la Baja España-Aragón. Espartano a más no poder, uno intuye que todos y cada uno de los interruptores y palancas que están a la vista tienen una función muy concreta y que, al menos en esta ocasión, no llegaremos a descubrir.

Pero no importa, porque apenas te has ajustado la hebilla del casco y oyes el sonido plástico de la puerta al cerrarse, no te da tiempo a nada más que a sujetarte donde puedas. Los que saben, dicen que es fundamental hacer fuerza con las piernas, y solo con ellas, sobre la útil plataforma que hace de reposapiés, pero mientras trato de hacer lo que me dicen me pregunto por qué a mí nadie me ha dado un protector dental como el que luce Nani al sonreírme cuando me estrecha la mano.

Uno intenta, como otras tantas veces, hacerse el profesional y fingir que no espera vivir nada especial. Pero el fracaso es estrepitoso desde la primera curva o, mejor dicho, desde que Roma realiza el primer giro a izquierdas para ir hacia donde se supone que hay una pista.

La hay, pero a la velocidad que vamos para el que va de copiloto por primera vez se trata más de un acto de fe que de una convicción. A pesar de lo corto del recorrido, es bastante variado y combina zonas completamente rotas y pedregosas con otras más rápidas y, por supuesto, saltos. Varios saltos…

El ritmo, como digo, parece trepidante para un neófito, hasta que le haces la pregunta de casi siempre: “¿Vas cerca del límite?”, a lo que responde con un larguísimo “Noooo”. “Lo que pasa es que voy un poco rápido porque me conozco la pista”, me cuenta. “Y porque, después de más de tres horas paseando gente, tendrás ganas de acabar ya”, pensé yo. Pero parece no importarle demasiado, porque aún tiene tiempo de preguntarme qué tal voy. “¡Estupendamente! ¡Es una gran experiencia!”. Así que se anima y vuelve a pisar el acelerador a fondo para afrontar la última zona, una larga recta con un par de vuelos como el que has visto en la portada de este post, que finaliza con una curva peraltada que, ni corto ni perezoso, aborda como si estuviéramos en un circuito oval cualquiera.

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